El consumo responsable es un modelo de comportamiento que promueve la adquisición y el uso de bienes y servicios teniendo en cuenta la satisfacción de necesidades individuales y el impacto ambiental, social y económico de esas decisiones. Frente al modelo de consumo lineal (producir, usar y desechar), busca transformar los hábitos de la ciudadanía y las empresas para avanzar hacia una sociedad más justa, equitativa y sostenible.
En un contexto de cambio climático, pérdida de biodiversidad y desigualdad social, el consumo responsable ocupa un papel estratégico dentro de la economía circular, las políticas públicas y los compromisos internacionales como los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).
Consumir de forma responsable consiste en tomar decisiones de compra y uso que minimicen los impactos negativos sobre el entorno, respeten los derechos de las personas trabajadoras y fomenten un desarrollo económico equilibrado. Se apoya en tres dimensiones:
Aunque el consumo responsable parte de una decisión voluntaria, está cada vez más respaldado por marcos normativos:
A nivel individual, son prácticas habituales:
En el plano normativo internacional destacan la Ley antidespilfarro y de economía circular (AGEC) de Francia, aprobada en 2020, las deducciones fiscales a la reparación en Suecia o los esquemas de responsabilidad ampliada del productor para envases en distintos países.
El consumo responsable es la puerta de entrada ciudadana a la economía circular: promueve la demanda de productos duraderos y reparables, incentiva modelos de negocio basados en la servitización (pagar por el uso y no por la propiedad) y favorece la valorización de residuos y el reciclaje. Más que una práctica individual, es una estrategia colectiva para transformar la forma en que producimos, distribuimos y utilizamos bienes y servicios.
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