La calidad del aire es el estado del aire que respiramos, evaluado en función de la concentración de contaminantes presentes en la atmósfera. Cuanto menores son esas concentraciones, mejor es la calidad del aire y menor el riesgo para la salud y los ecosistemas. Es un indicador clave de impacto ambiental en las ciudades y zonas industriales.
Evaluar la calidad del aire requiere medir contaminantes como las partículas en suspensión (PM10 y PM2,5), el dióxido de nitrógeno (NO2), el ozono troposférico (O3) y el dióxido de azufre (SO2), entre otros. Muchas de estas sustancias proceden de las mismas fuentes que emiten gases de efecto invernadero, por lo que las políticas de aire limpio y de clima suelen ir de la mano.
Para comunicar de forma sencilla el estado del aire se utilizan los índices de calidad del aire (ICA), que traducen las concentraciones medidas en categorías comprensibles. En España, el Índice de Calidad del Aire del MITECO clasifica las estaciones en seis categorías, de "buena" a "extremadamente desfavorable", asignando a cada estación la peor categoría entre los contaminantes considerados. Es una herramienta útil tanto para la ciudadanía como para las empresas que quieren contextualizar su entorno.
Conviene distinguir dos conceptos relacionados. La contaminación atmosférica describe la presencia de sustancias nocivas en el aire, mientras que la calidad del aire es la valoración del estado resultante: un mismo nivel de emisiones puede traducirse en mejor o peor calidad del aire según la meteorología, la dispersión y la orografía del lugar. Por eso los índices se actualizan de forma continua y, en muchos casos, se acompañan de previsiones a corto plazo.
La calidad del aire se evalúa frente a valores de referencia. En la Unión Europea, la Directiva (UE) 2024/2881, de 23 de octubre de 2024, sobre la calidad del aire ambiente y una atmósfera más limpia en Europa, fija valores límite legalmente vinculantes con horizonte 2030, más estrictos que los anteriores y más próximos a las directrices de la Organización Mundial de la Salud (OMS), actualizadas en 2021.
Conviene no confundir ambos tipos de referencia. Los valores límite de la directiva son de obligado cumplimiento para los Estados miembros, mientras que las directrices de la OMS son recomendaciones sanitarias, más exigentes que los límites legales, que orientan las políticas públicas y las sucesivas revisiones de la normativa. Antes de citar una cifra concreta conviene consultar el valor vigente en el texto oficial de la directiva o en las guías de la OMS, porque varían según el contaminante y el periodo de promedio.
La medición se apoya en redes de estaciones de vigilancia que registran de forma continua las concentraciones de contaminantes. Estas estaciones suelen clasificarse según la fuente predominante, en estaciones de tráfico, industriales y de fondo, y sus datos alimentan los índices, los informes oficiales y los modelos de previsión. La vigilancia rigurosa es la base de cualquier política de mejora basada en evidencias.
A partir de estos datos, las administraciones diseñan planes de calidad del aire y medidas estructurales como la promoción del transporte público, la electrificación de flotas o la limitación del tráfico más contaminante en los centros urbanos. La eficacia de estas medidas se evalúa precisamente comparando la evolución de los índices y de las concentraciones medidas antes y después de su aplicación.
La calidad del aire es relevante para las organizaciones por varias razones: condiciona su licencia para operar, afecta a la salud de trabajadores y comunidades, y está cada vez más presente en las obligaciones de información de sostenibilidad. Reducir las emisiones que deterioran el aire suele coincidir con mejorar la eficiencia energética y avanzar hacia el transporte sostenible, lo que genera beneficios ambientales y económicos a la vez.
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