La huella de carbono es la cantidad total de gases de efecto invernadero (GEI) emitidos directa o indirectamente por una organización, producto, servicio o evento a lo largo de su ciclo de vida. Se expresa en toneladas de CO2 equivalente (tCO2e), una unidad que permite comparar el impacto de distintos gases en función de su potencial de calentamiento global.
Los gases de efecto invernadero, como el dióxido de carbono (CO2), el metano (CH4) y el óxido nitroso (N2O), retienen el calor en la atmósfera. Este fenómeno, el efecto invernadero, es natural y esencial para la vida, pero su intensificación por las actividades humanas está acelerando el cambio climático. Para sumar gases distintos en una sola cifra, cada uno se convierte a CO2 equivalente según su potencial de calentamiento.
Medir la huella de carbono aporta información clave para:
El Protocolo de Gases de Efecto Invernadero (GHG Protocol), el estándar internacional más utilizado, organiza las emisiones de una organización en tres alcances:
El cálculo combina datos de actividad (litros de combustible, kWh de electricidad, kilogramos de material) con factores de emisión de fuentes reconocidas. Además del GHG Protocol, normas como ISO 14064 (organizaciones) e ISO 14067 (productos) ofrecen marcos de cuantificación y verificación. Conviene tener presente que el GHG Protocol está en proceso de revisión (2025-2026): la consulta pública sobre la guía de alcance 2 se cerró a comienzos de 2026 y se espera un borrador del Corporate Standard revisado a mediados de 2026, con publicación final prevista hacia 2027.
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Una auditoría de carbono mide y verifica las emisiones de gases de efecto invernadero de una organización siguiendo el GHG Protocol y la norma ISO 14064, base para reducirlas y reportarlas.
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